miércoles, 10 de junio de 2009

niko-nico

Muchas veces dije que los ovallinos eran unos flojos cuando los veía tomar colectivo para ir de la plaza a la alameda (cuatro cuadras pequeñas). O que eran sucios al ver los canales llenos de basura. Incluso estúpidos al verlos cruzar la calle como si los autos fueran de papel.

Y viajando aprendí que no dejan de ser flojos, sucios y estúpidos, ¿cuál es la novedad?
Leyendo mi bitácora lo descubrí…

“La primera vez que subí a un tren en la India. El recorrido sería entre Bubaneshwar y Mamallapuram, parecía un trayecto simple, poco dificultoso, salvo por el calor y la húmedo-pegajosa sensación.

El huesudo supervisor de la estación revisó una sudorosa lista de trenes y me señaló la “Platform” correspondiente a mi tren.

Llegué justo a tiempo para zambullirme por la estrecha puerta cuando la máquina parchada empezaba a partir. Muchos pasajeros atascados en la entrada luchaban por abrirse paso y yo aprendí rápido a hacer lo mismo.

Gritos, brazos, piernas, hombros, bártulos, telas, hedores, fusiones transepidérmicas, empujones, gritos, brazos, piernas, otra vez.

Creo que la alerta de supervivencia, el miedo a morir aplastado, asfixiado, me llevó a un estado acelerado de conciencia que me permitió aprovechar la mínima oportunidad para avanzar por el pasillo. Sorteé maletas, botellas de plástico, animales pequeños, niños, viejos, bolsas y pies, pies que colgaban a la altura de mi cara, de pasajeros “acomodados” en los niveles superiores de las literas.
Cada espacio utilizable era ocupado.
Era como entrar en una especie de celda comunitaria rodante.
Avanzar era una faena caótica, un accidente cultural que marcaría el inicio de lo que en los siguientes meses se transformaría en una rutina para mí.

Por fin el “Seat 28”, el trayecto desde la puerta hasta mi asiento me hizo sentir que descansaba después de una travesía eterna. Descargué la mochila de mi espalda y resoplé el cansancio frente a los curiosos ojos de la simpática familia con la que compartiría las siguientes diez mil horas, que hoy en el recuerdo confieso que sólo fueron medio día.
Empezaba yo a caer en el letargo del rítmico repiqueteo del tren, cuando algún pasajero comenzó con los frenéticos preparativos de la hora de la comida, y tal como una reacción en cadena, todo el mundo comenzó a sacar de sus maletas paquetitos envueltos en papel periódico, en cuyo interior venían magistralmente acomodados en hojas de árbol bananero diversos tipos de Curry acompañados de arroz con granos de pimienta.
La hora de la comida estaba declarada en todos los frentes del tren. Y yo, a pesar del bullicio, no podía salir del sopor que me provocaba el calor. La ropa húmeda y sofocante, las moscas patinándome sobre la piel, la sensación incongruente de sentirme en derretimiento mientras todos a mi alrededor llevaban demasiados trapos de sobra en el cuerpo sin que significara la mínima incomodidad.

Los asientos de cuero plástico retenían el vapor humano, la humedad se asentaba en la espalda y los muslos. Hervían a baño María las partes de mi cuerpo que prefiero tener siempre frescas.

Las moscas, las invasiones sudorosas a mi metro cuadrado por parte de seres humanos, cuyos olores y contacto me atormentaban… Decidí desdoblarme y convertirme en una cámara, y traté con todas mis fuerzas de concentrarme en la luz, en los colores, en las formas, y me preocupé de mirar los pies resecos y momificados de hombres descalzos por convicción religiosa o filosófica. La ropa, los movimientos, los cuerpos privados de occidentalidad que ingenuamente se volvían inconsecuentes en sus tradiciones cuando portaban lapiceras bic, gorros con viseras de equipos de béisbol norteamericano, y bebían coca-cola junto a sus menjunjes milenarios.

Miraba los gestos, las posturas, las actitudes, las miradas. Contemplaba oculto tras mis lentes obscuros de sol cuando me encontré con la mirada de una niña pequeña, atenta a cada uno de mis movimientos, absorta por el extraterrestre que contemplaba al mirarme; sus grandes ojos negros, sus tradicionales adornos, sus tatuajes de Henna, su colorido saree, la hacían lucir como una mujer en miniatura, como una figura escapada de algún templo milenario.

Ajena al torbellino de situaciones que me atormentaban, ella vigilaba mi constante cabeceo soñoliento. Levanté mis lentes y la saludé con la mirada. Pero ella no parpadeó siquiera. Concentrada, tratando de descubrir la causa del color de mi piel, adivinando el porqué vestía yo tan graciosamente diferente.

Afuera el paisaje transcurría a toda velocidad. Espontáneas de la vida campestre aparecían y desaparecían frente a mis ojos en fracción de segundos. Vacas de largos cuernos, árboles que crecen de lado, estanques tapizados de lirios y desnudos bañistas iban quedando atrás.
Poco a poco, a la familia de la niñita le fue imposible ignorarme. El hijo mayor se animó a dar el primer paso al preguntar por mi nombre en un autóctono inglés.

-Nico!- Respondí haciendo un esfuerzo para sonreír. Impulsado por mi respuesta continuó con un cuestionario que al cabo de un rato me pareció gastado con otros viajeros. Expliqué lentamente que venía de un pequeño país muy lejano, intentando ser simple y claro en todas mis respuestas. Fue sorpresa para mí su asombro cuando le expliqué que no tenía ni esposa ni hijos, a pesar de mi edad. Él tradujo velozmente a toda la familia. Luego de un par de respuestas más empezaron a asentir entre ellos y a mirarme ya sin interés, e intuí ser encapsulado como otro gringo loco que buscaba en la meditación o el hachís las respuestas a su vida.
El muchacho me ofreció comida, acepté amablemente. Nunca había comido con los dedos ante desconocidos, sin embargo la idea de aprender a romper mis propias reglas me ayudó a vivir un poco como ellos.

Siempre pensé que comer con los dedos era una actitud primitiva, facilista, de modos básicos, sin embargo, en la tarea me vi como un hipopótamo en la tienda de porcelana, torpe, desastroso, peor que inexperto. Me explicaron que se debía comer con la mano derecha pues la izquierda se usaba cuando se iba al baño (la idea me pareció más higiénica que religiosa), pero ¡yo soy zurdo!, en plena catástrofe de modales me reconfortaba diciéndome que ellos tenían una vida entera de práctica y yo sólo unos minutos.

Terminada la “colación” los nativos muy preocupados limpiaron el lugar… ¡pero botaron la basura por la ventana! Con total comodidad, y satisfechos cual si hubiesen realizado una obra de caridad… yo no pude, disimulé y guardé mis basuras en la mochila hasta la próxima parada.”

Recuerdo que anduve varios días con la impresión de que no me cuadraba que una cultura tan espiritual fuera a la vez tan descuidada con su medio, y sacarme el rol de juez moral me costó mucho trabajo, tuve que compensar los juicios a través de virtudes en una cultura en que para ellos no eran tales.

En la India o en Ovalle el ser humano está conformado por lo mismo, carne, huesos, mañas, cicatrices y bondades…

A veces tomo el colectivo en la Alameda y me bajo en la plaza, otras o las mismas cruzo la calle a trote, ganándome la atención desagradada de algún conductor. Y aunque no recuerdo haber lanzado papeles o basura en la calle, si estoy seguro por completo que ya no me molesta verlo en otras personas.

Me confirma lo que soy y lo que he vivido.

NIKO

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