
A punto de comenzar la sesión del juicio por la muerte de Tiña, un pequeño animal con aspecto de gato. En un claro del bosque se encuentran reunidos animales, criaturas y un humano al que todos señalan como “Muni”.
El Fiscal, con un pretencioso corbatín escarlata, apretando su frío y áspero cuello de lagarto, camina en dos patas y se detiene para mirar con sobreactuado recogimiento a Muni que, con la mirada oculta en su chasquilla, espera en el lugar de los acusados.
A primera vista, en Muni se destacan las costras de sus rodillas, tan naturales que dan la idea de que siempre van a estar presentes. Con la mano afirma la espada de madera que apoya en el muslo, y que continúa la línea imaginaria proyectada por una huella de limpieza en su mejilla que había dejado una gruesa lágrima peregrina.
Sus ojos grandes color barro son lo único que, junto a un mechón de su chasquilla, se mueven, saltando inquietos de un lado a otro buscan no fijar la vista en nadie, pues teme que se le salga el odio a una sola persona cuando en realidad los odia a todos.
Además de miedo, Muni siente rabia, sabe bien que jamás habría maltratado a un animal indefenso, mucho menos al Tiña, pues secretamente lo veía con ojos de hermandad como lo más cercano a un ser familiar. Pero no lo va a decir pues no quiere darle el gusto de que tan íntima revelación suene a una petición de piedad.
Los jurados, enanos de barbas verdes, le miran en las pausas que hacen durante su rumiadero de análisis en voz baja.
La defensora, una bruja de mil doscientos años, espera en lo posible abreviar el trámite, a pesar de que no le tiene ninguna simpatía a Muni ni al pobre animal: necesita terminar pronto para ir a ver sus propios asuntos.
El Juez Cerdo gruñe la señal de inicio del proceso, los enanos tosen como acto reflejo y el más viejo de ellos indica con la mirada al Fiscal acusador para que empiece a hablar:
-Tiña, señores. Tiña, desde su bautizo, recibió la condena a sufrir desprecio, a cargar con un vergonzoso nombre por culpa de haber nacido de la nada y vivir siempre en la misma, lejos de la misericordia durante toda su triste y corta vida. –Comienza su discurso el Fiscal y, desde sus primeras frases se columpia en la planta de los pies. Primero se eleva sobre la punta y luego sobre el talón y así, cada vez que habla se desplaza parando solamente para que los presentes se traguen a sorbos el relato acusativo y precondenatorio. Y continúa:
-Tiña, señores. El gato que yace aquí en su lastimoso y muy lamentable último estado. –Hace una pausa, mirando con falsa lástima-. Fue víctima de la más macabra de las suertes: haberse encontrado con este niño y su espada sanguinaria.
El juez cerdo suspira ante el dramatismo encartuchado del Fiscal y, adivinando la extensa exposición del caso, se baña en la modorra y se asienta en su lugar como quien espera que pase una lenta y pesada caravana cruzando el camino.
Muni se limpia las espesas lágrimas que salen de su nariz y achica aún más su boca, el pecho apretado, la respiración corta y el puño estrujando la rabia.
La bruja aguarda paciente e inmóvil a que el Fiscal termine. Luego, en su turno mira desconfiada al animal yerto por todos los ángulos que le da un rodeo, y le habla al Lagarto:
¿Por qué asegura usted que esto es un gato y que está muerto? –Y aunque el Fiscal abre la boca, no alcanza a responder, pues el golpe inesperado de la pregunta no le permite articular pensamiento. La bruja continúa:
-¿Cómo puede usted asegurar que esto es un gato y que está muerto? ¡Contésteme! –La bruja apunta al Fiscal, logrando dirigir la mirada de todos los presentes hacia el enjuto lagarto con corbata de moño.
Sin habla, con la boca aún abierta desde el fin de la primera pregunta, paralizado por el inverosímil argumento de la bruja, anulado por la incredulidad de lo irracional, el Fiscal, con su aliento detenido por largos segundos logra descongelarse y responder como sacándose cadenas:
-Porque a toda vista y entendimiento, se observa que es un gato este miserable animal, y que no respira. –Concluye, estirando el cuello, buscando autoridad en unos pocos centímetros más de estatura.
La bruja vuelve a arremeter:
-¿Estuvo usted muerto, señor Fiscal, este largo tiempo en que se tardó en responder? Pregunto, porque a toda vista y entendimiento se observó que miserablemente no respiraba usted.
El Juez cerdo se incorpora de su floja posición, y reaccionan los músculos de su cara por el entusiasmo de presidir una inusual intervención. En el fondo de su secreta parcialidad esperaba desde hace mucho que alguien pusiera en su lugar al Fiscal que tantas veces había utilizado las sesiones de juicios para alimentar su reptil grandilocuencia, abusando, extendiendo los casos más evidentes, obvios y predecibles, solo para que al final de las acusaciones pudiera hinchar el pecho lagarto de vencedor. Esta vez le bastó la breve y certera arremetida de la bruja para saber que por fin el Fiscal correría una suerte distinta. Y sintió que quizás, sería esta la oportunidad de aporrear su martillo en contra del reptil egocéntrico.
La bruja no soltaba al Fiscal:
-Por otra parte asegura que fue por la espada que este “gato” se encuentra en ese estado. Y yo pregunto: ¿Es por la espada que el animal está tan flaco? ¿Es por la espada que la sarna le ha comido las orejas? ¿Es por la espada de esta criatura conocida por mucho como Muni, que el “gato” posee ese vetusto aspecto considerando que es un animal joven?. –La bruja abrió las manos y miró al cielo como buscando el porqué de tan absurda acusación. Aguardó unos segundos de silencio y agregó:
-Está claro que la vida no ha tratado bien a este animalillo, está claro que quizás la muerte lo trate mejor, sin embargo, yo pregunto señor Fiscal: ¿usted conoce a este desafortunado animal desde siempre?, pues menciona su nacimiento, su vida y su muerte, muerte que pongo en duda en considerando su concepto de lo que significa estar muerto, Señor Fiscal. –Esta vez el lagarto no quiso dar pausa y respondió de inmediato:
-¡Ah! Porque conozco este gato desde siempre es que me empecino en que se haga justicia, pues esta criatura siempre ha sufrido de hambre, de pestes, del desprecio de todos los seres del bosque. Aun así, jamás nadie le hizo daño, jamás nadie lo tocó hasta que llegó este…ehh… niño con su espada. Tengo testigos que los vieron juntos dirigirse al viejo nogal, y momentos después encontraron al acusado con el gato en sus manos, y al ser sorprendido, trató de ocultarlo. Es la prueba de que a causa de sus juegos de guerra, el pobre animal dejó de existir. –Concluye su argumento con un tono lastimero que busca inútil la compasión en los que escuchan. La bruja contesta:
-Nuevamente insiste en hacer creer a los presente en cosas que no puede asegurar. Esta criatura que usted señala como gato muerto, no ha dejado de existir. Existe, es un ser, vivo o muerto sigue siendo una existencia. Queda evidenciado que su afán no es otro que confundir, y de paso poner en una situación alejada de toda justicia a este…Muni. –Meneando la cabeza mira el suelo y continúa:
-¿Qué lo mueve a usted en estas circunstancias, Señor Fiscal?, ¿por qué se esfuerza ahora en demostrar su preocupación por el pequeño animal siendo que para usted está muerto y/o no existe?, ¿por qué no le dio de comer si le vio hambriento? Es sabido que usted es un personaje acaudalado, no le habría afectado compartir con este pobre “gato” un poco de su abundancia ¡Usted que teniendo los medios para aliviar el sufrimiento del animal no hizo nada!¡Lo acuso a usted de cómplice junto a la vida por el dolor que esta miserable criatura debe haber sentido!¡Lo acuso a usted de ser quien más desprecia a este malogrado ser!¡Es más, lo acuso de iniciar la muerte por inanición y abandono de este animal! –Del sombrero de la bruja brotaron chispas azules de rabia que se apagaron dando lugar al silencio que después cedió su turno a la vergüenza colectiva.
Los presentes, se fueron marchando cabizbajos y culpables, pues todos conocían a Tiña desde siempre y asumieron para ellos mismos algunas frases de la bruja.
El Juez cerdo guardó su martillo en el estuche de fieltro.
Los enanos fruncieron el ceño y salieron sin decir nada.
El lagarto agradeció en el fondo de su corazón que el juicio se desvaneciera en silencioso, pero explícito acuerdo. Luego se desató el corbatín y caminó a un ritmo que no evidenciara que huía. Solo quedaron la defensora, Tiña y Muni.
-Puedes quedártelo. –Dijo la bruja y se marchó.
Muni, luego de acomodar su espada al cinto, miró a todos lados, y se acercó al animal. Puso sus manos sobre él, con la cabeza gacha musitó unas palabras y levitó lentamente mientras pequeñas chispas de energía, se encendían y apagaban a su alrededor. Parecía que la concentración lo desgastaba. Temblaron sus piernas pero no cesó en su objetivo; le ardían las manos pero no se detuvo, el dolor se reflejó en su rostro hasta el límite. Finalmente, levantó la cabeza y dio un paso atrás.
Tiña, en su posición inerte y emanando un leve vapor de sus costillas, abrió los ojos.
... Continuará?
ResponderEliminarEstoy pendiente.