martes, 19 de mayo de 2009

hambre fácil

Ovalle, 12:15 hrs.
04 de Mayo de 2009
Internado de niñas.
Pasado el medio día, en Ovalle el sol se tarda en aparecer y abrigar las cosas.
En la Internado, una niña camina frágil por el pasillo de la casona, llega hasta la cocina, con sus ojitos grandes encuentra a la Cuidadora que termina de preparar la comida.

- Tía, ¿Puedo empezar a rezar? – pregunta Dayana como para apurar la hora de comer.

- Bueno, ya está listo su almuerzo mi niña. –Responde la Cuidadora.

Dayana tiene hambre, de esa fácil, de esa hambre que llega y se va simple, que cuando vivía en la mediagua de su madre con el correr de la tarde se volvía ardiente, molesta, que la ponía alerta y de mal genio con su hermana melliza. Pero que era un hambre fácil de saciar. Era hambre de comer.

Dayana tiene hambre, muchas hambres, de las hambres difíciles, de las que sólo Dios puede callar.

Tiene por ejemplo esa hambre de abrazos, pero de abrazos fuertes, de los que su hermana melliza no le puede dar, abrazos de brazos pesados que ahogan rico, con olor a grande, abrazos inmensos de osos blandos como las nubes.
Abrazos de su madre, abrazos que protejan que aíslen de todo, abrazos que se queden en eso, en abrazos. No de los que sigan en los cariños que le hizo el primo Julio, porque eso es malo.

Abrazos que la cuiden.

- ¿Puedo rezar Tía, y pedir que me sacien el hambre de cariño?

- No está listo su abrazo Dayana, su madre no deja la fuente de soda, su primo aun no está preso. Pero de todas maneras rece niña, para que Dios le quite el hambre de Espíritu, de Bondad. Para que nunca se sienta sola usted ni su hermana, para que crezca su esperanza de rezar, de pedirle a Dios y agradecer.

Dayana de pie junto a la mesa:

- Bendice señor estos alimentos que vamos a consumir. –Amén. Se responde ella misma.

La Cuidadora llega a hasta Dayana con una bandeja: ensalada, pan, jugo, servilleta, y el plato favorito de la pequeña, Pollo con arroz. Luego de repartir las porciones en la mesa, desocupa la bandeja y la hace descansar entre su brazo y el cuerpo como a un libro.

Mira desde su porte adulto a la niña sentada y le pasa la mano por la frente, acomodándole el pelo detrás de la oreja.

- Tiene usted unos ojos muy lindos señorita, como para andar tapándolos con su pelo.

Dayana por un rato… dejó de sentir una de sus hambres difíciles.

En Ovalle sale el sol y el techo de vigas de madera del Internado cruje, contento al entibiarse y contemplar la escena.

Hay esperanza.

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