martes, 19 de mayo de 2009

historia de la foto del chancho con tres orejas

Fui a ver nuevamente a don Samuel, el viejo que me enseña cosas tan complejas como postular a ser simple. A algunas personas le interesó este caballero, y yo un poco con la sorpresa fui en busca de más ideas de él; además, definitivamente, también para sacarle una foto al chancho con tres orejas.

Don Samuel, suele casi religiosamente asistir a misa los domingos en la mañana, me imagino que más por convicción en sus tradiciones personales que en las colectivas o en algún fundamento religioso, por eso lo esperé a la salida de la iglesia. Y Ahí estaba yo revisando la batería de la cámara cuando salió abruptamente, indignado, ni siquiera se dio tiempo para el saludo de la paz al final de la ceremonia, sus zapatos de domingo cantaron la ira contenida en el piso de madera de la capilla, y al pasar frente a mí, con un saludo de cejas, seguido por una invitación de gesto, me hizo seguirlo a paso de bombero.

- Ta hueón este cura ñoh…–dispara cuando se sienta en los troncos de su terraza inmensa. Yo lo miro perpetuo esperando una buena lección de vida.

- Y yo a estah’ alturah’ recién vengo a entender eso de que los últimos serán los primeros…No poh, ta hueón el curita ñoh… no puede ser. Usted amigo, que es hombre ilustrado, que sabe escribir bonito, que habla como diputado, ¿cree que sea justo eso de que los que trabajan unas pocas horas deben recibir lo mismo que los que se pelan el lomo desde que aparece el sol? –me acorrala.

Y qué le voy a contestar yo al viejo, si cada vez que he hablado con él termino sintiéndome insignificante, cada vez que planeo tener una idea él me la da vuelta como un Jedi, si aunque no me contradiga termina haciendo que piense como él o que al menos postule a llevar sus pensamientos. Y ahora me sale con la parábola de los trabajadores…y yo que venía sacarle una foto al chancho!

- ¿No le pareció lo que dijo el cura Don Samuel? –Le pregunto con actitud valerosa, pero sólo superficialmente. La verdad es que le tengo miedo.

- Mire amigazo, el cura es un curita, un cabro chico que no tiene ni pelos en la cara, ¡quizá de dónde lo trajeron? El otro sí que era cura, un cura grande, con voz de cura, no este piñufla con voz de quiltehuillo, el cura Paolo, bueno pal’ dominó y el vino navega’o…este… con un viento fuerte se me vuela…no sé pa’ que los cambian. Vio la bandá’ de chiquillas que estaban en primera fila y se la llevaron risa que risa?... nooo, si es una falta de respeto. Cabras chicas que nunca han ido a misa ahora le quitan el lugar a las viejas, esas pobres señoras sordas no van a escuchar ná’ y más encima se van a tener que sentar atrás y con la voz de este perico meeenos van a escuhar! –se interrumpe el atropellado descargo sólo para mira el celular, buscando llamadas perdidas desde Santiago. Lo guarda y mirando el sauce llorón del canal, continúa con su protesta.

- Mire que los últimos serán los primeros…¡en la lota, don Uldarico siempre decía: ¡los últimos serán los primeros! ¡Iba a saber yo que se refería a que se fomente la flojera! Me va a disculpar amigo, pero este cabrito no tiene idea de na’h, ¡en su vida debe haber trabajado!. Cómo se le ocurre decir que es justo que se le pague lo mismo a uno que trabaja desde temprano que a otro que llega a trabajar en la tarde. Y despueh le mete con que Dios es justo…’ta mare ñoh que me da rabia.

Yo me hago la idea y me parece graciosa: un cura joven tembloroso por sus primeras misas, desorientado por el vino que se tomó para agregarle más valor a sus actos, rezando para que le salgan bien los rezos, tratando de que no se note que le distrae la primera fila de quinceañeras codeándose y apagando los celulares entre risas picaronas a medio reprimir. Ignorando que en la segunda fila las veteranas sordas miran el crucificado de yeso tratando de adivinar lo que dice el muchacho para que no se note que no hay comunicación. Lo veía todo y me parecía tristemente divertido, humor negro le dicen.

Obviamente no mostré mi diversión. Mientras don Samuel repetía sus argumentos yo asentía y negaba con la cabeza según lo que iba relatando el viejo. Y cuando la risa me quería ganar, suspiraba para retener la mueca graciosa.

Don Samuel reclamó mucho rato, yo lo miraba y no me atrevía a interrumpirlo, de hecho no me atreví ni a preguntar por el chancho, no parecía recomendable cambiarle el tema.

Refunfuñó varios minutos hasta que lo llamaron a su celular. Contestó, agachó la cabeza y empezó a caminar en círculos, en una de sus vueltas le hice el gesto de despedida con la mano, me dijo chao con las cejas otra vez.

Al salir pasé por el chiquero, el chancho no estaba, pero no me inquietó la ausencia del animal. Pensaba en ir a misa el próximo domingo.

La foto…ya no me importa, debe haber más de una en Internet.

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