martes, 19 de mayo de 2009

lección de muerte

En el funeral de don Telurio, amigo de toda la vida de Don Samuel, aprendí una lección indeseada acerca de la muerte.
Aún no me acostumbro a los funerales, me aborda un rencor contra el mundo, contra los ruidos, contra la gente.
Contra la vida y contra la muerte.
Parado en un rincón, acompañando en silencio a don Samuel, pensaba en los funerales anteriores a los que asistí, en los que fallecieron y en los que sobreviven… en los que “quedan” según el viejo poema. Y pensando en ellos me di cuenta que, como víctimas de un zarpazo desgarrador, en la aturdida dimensión en la que se encuentran deben, además de lidiar con la realidad interna desolada, flotar a tumbos en la realidad externa torpe y confundida…

Mi amiga Francisca había perdido a su madre. Cáncer le dijo el médico en su cumpleaños, y desde ese día el tiempo se hizo cruel. Las crisis, los dolores, el cansancio, la impotencia. De nada sirvió el consuelo del descanso de su madre ante la tortura física.
No era fácil mirarla a la cara. Sentía miedo a que Francisca se diera cuenta de mi deseo de que olvidara todo, la pena y la rabia, mi egoísta necesidad de que volviera a ser la mujer alegre de siempre.
Y me sentí inútil al verla sufrir lo irremediable, me sentí como la nada cuando a ella le faltaba todo.

Cuando a Javier, mi compañero de trabajo, se le murió su esposa, el sicólogo le recomendó que fuera a trabajar, que no se encerrara, que debía continuar con su rutina lo antes posible.
Y cuando volvió al trabajo no supe qué decirle. Sentía que mi voz no se iba a escuchar en el derrumbe de sueños que había en su alma. Cualquier frase sonaría vacía y marchita como flor de cementerio.

Cuando Rocío, mi vecina, quedó sola luego del accidente, la pequeña casa en la que vivía con su familia se volvió un castillo enorme, de espacios infinitos poblados de vacío. El sordo desamparo era respirable en un hogar en el que siempre había gritos de niños.
No era fácil permanecer ahí. Acumular valor para visitarla era un gran desafío.
Daban ganas de rescatarla y llevarla a escenarios con vida; pero, como en un destierro, todo se volvió ajeno para ella.

Cuando perdí a quien más amaba, no le vi la cara a nadie, ni me preocupé por lo que otros sentían. El dolor fue tan grande que no quedó espacio para más. Las escenas con ruido pasaban frente a mí y nada tenía sentido.

Y mirando la incomodidad de quien no sabe qué hacer sentir o decir, captando la sensación de ridículo de quienes no han perdido a nadie, aprendí que cuando la muerte enamorada, arrebata, no hay palabras, ni acciones ni sentimientos que consuelen efectivamente. Al que queda no le ayuda qué le digan, qué le sientan o qué le hagan. La vida se vuelve un largo fallecer.
El que queda, le debe a la muerte el vivir. Y hay que estar cerca, para ayudarle a pagar cuando despierte del golpe zarposo.

Avanzada la ceremonia, un sentimiento colectivo inquieta sordamente. Comienza la despedida definitiva y efervece la angustia ante lo real, el entierro.
Al parecer coincidí con don Samuel y, percibido el comprensible descontrol, optamos por irnos y llevarnos a cuestas la pena mansa.

1 comentario:

  1. Paradógico, pero la naturaleza nos enseña que todos hemos nacido para morir, sin embargo muchos nos nos damos cuenta de esto hasta que la muerte nos pasa muy cerca. Pensamos que no nos tocará, pero en el momento que menos pensamos,ahí está, como ese zarpazo que mencionas, no obstante, existe una muerte peor, la que todos vivimos desde que nacemos y que no nos damos cuenta hasta que la luz nos alcanza, mientras no la vemos, no tenemos paz y el miedo a la soledad y a la muerte agobian nuestro ser, vivimos, pero con temor y eso es vida?, creo que no, pero como dice un refrán "no hay peor ciego que el que no quiere ver", solución, abrirse a la posibilidad (cierta) que existe algo más, esa luz que echa fuera todo temor, entrega paz y compañia, esa luz es Jesús...

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